_: Baztango 7 por Yolanda Angel :_

Recuerdo en una clase con Fernando y Valeria, cuándo empezaba a bailar, que hicieron unos pasos y me quedé pasmada. “Aleeee… ¡eso es mágia!” Fernando, con mucho sentido dijo: -“No, es tango”.

Y el tango, cuando se baila, se vive y se siente. Cada paso, es un latido, y cada abrazo es un mundo donde se abarcan los sentidos. Cuando en las noches la “gente de bien” está cenando y viendo la gran programación de la televisión, muchos de nosotros salimos como discretos “hombres del saco”. Guapos y guapas. Oliendo divinos, y con nuestra bolsa transformadora, donde nos encaramamos al vértigo de la noche, donde amigos nos ponen música, donde nos abrazamos y nos perdemos.

El 2011, me arrebató parte de mi vida e ilusión, unos temas personales me dejaron descolocada y agotada, tanto que estuve triste y sin ganas de pisar una milonga. No quería abrazos, ni risas, ni acordes, ni nada… Y según pasaban los días, mis amigos se preocupaban, porque una es tanguera y una tanguera sin bailar… raro. Entonces me sugirieron ir a un encuentro en Zestoa: Baztango. Ya había asistido la anterior vez, la verdad es que lo pasé bien, pero igual que en otros encuentros, festivales y demás. Pero no tenía ganas. Tenía miedo a que las emociones que aparecieses me hicieran doler el alma. Alguien me dijo: -Tómalo como una terapia de choque; y me apunté.

Me llevé dos tipos de ropa. Una en la que prevalecía el color que me apetecía últimamente, el oscuro, negro y demás. Y el, por si acaso me vuelvo loca, colores varios, brillantes y luminosos. Ya para comenzar, tuve la suerte de ir con dos grandes personas en el viaje, Rubén y Laura, grandes y buenos amigos de una, pero que no se conocían entre ellos. Aunque eso para los tangueros no es óbice, porque la conexión y energía está garantizada. Durante el trayecto nos reímos mucho, fue muy agradable y, francamente, se hizo muy cortito. Llegamos pronto, nos fuimos a la habitación y luego a comer. Todavía no había llegado casi nadie. Pero cuando volvimos, ya estaban llegando muchos “de los nuestros”, y empezaron los abrazos, los besos, las sonrisas. Y “los besos y abrazos” de quienes sabían de mi situación, y el cariño incondicional. Cuándo regresaba a intimidad de la habitación, dudando si había hecho bien. Reconozco que gestionar tanto cariño, me resulta abrumador.

Y comenzó Baztango, a las 20 horas del día 6 de diciembre de 2011. Divertido, cercano, cómplice. Para mi, distante. La primera milonga en blanco y negro, fue emocionante, porque saludé a mucha gente, me encontré con nueva y me reencontré con abrazos de otras veces. Puse cuerpo a gente “amiga” de red social. Y bueno, no paré de bailar. Aún no había enganche por mi parte. Bailaba mi cuerpo, pero mi corazón era un simple espectador. Lo disfruté mucho, pero faltaba algo. Al día siguiente, cansada, pensaba que aquello no iba como esperaba. Pero, la terapia estaba en marcha.

Me di un masaje con Gema, unas manos tan prodigiosas como su voz, unas formas divertidas de llegar a la gente. Y una sanadora, me desbloqueó la energía y me puso, literalmente, las pilas. Cuándo salí, me fui a una clase con Fer y Vale. Y lo pasé bien, muy bien. Subí, bajé y una energía me lleno de calor. Y sentí, y mis ojos, por fin vieron.

Estaba en un mágico hotel de más de 100 años, lleno de gentes sonrientes, ojos somnolientos. Baztango se transformo: Era como entrar en otra época, emborracharse de sonrisas acordes, dinamismo, sueños… Cada día nos levantábamos resacosos de tango, pero también insomnes de tanta energía que subía y bajaba por esas escaleras enmoquetas. Los organizadores del evento, Joseba y Bakaxto, encantadores a más no poder montan un encuentro en un lugar donde no hay posibilidades de escapar a su magia. También hacen todo lo posible para que nuestros sentidos estén pendientes de todo. Nos regalaron momentos de chocolate con bizcochos, endulzándonos entre la charla sobre musicalidad con grandes Dj’s. Nos hicieron despistarnos del 2x4 con un grupo salsero, mientras nos daban a probar sidras, y que nuestra papilas gustativas intuyeran cuál era la ganadora de ese año en Guipúzcoa. Todo era una ensoñación durante el día: clases, sonrisas en los pasillos, dormitar en los sofas de recepción entre clase y clase. Paseos por los montes de alrededor o posibles escapadas a las ciudades cercanas, que la costa cantábrica es todo un regalo visual. Dormir a ratos, o cuando se podía o uno podía relajarse, que ya sabemos como va esto, el primer día duermes pero luego, ese gusanito en forma de ansiedad de estar subido todo el tiempo a los zapatos de baile.

Mis ganas pedían a gritos el color de tango: naranja, verde, violeta, azul, negro. Porque no hay que estereotiparle, ni enjaularlo, no podemos estrangularle con cuerdas del pasado, ni pensar que poner un lazo, es siempre hacer un nudo.

El tango es generoso porque sí, paciente y soñador. Y Baztango es todo eso. Hay un gran equipo de gente detrás de cada una de los detalles. Mucha ilusión, sonrisas y manos hacen posible que vayamos de todas partes a “encerrarnos” entre sus compases. Las parejas de este año, que nos hicieron volar con sus exhibiciones, y luego nos ofrecieron sus enseñanzas son grandes bailarines, y para mí, grandes amigos. Todo hacía que fuese exultante.

Y las milongas… esas milongas que quitan el sueño, dejando sitio a las miradas, abrazos, momentos de volar más que bailar. Y nos hicieron bailar grandes, pero hubo una noche especial, en que trajeron a Damián Boggio, con su colección de vinilos, para que los acordes fueran acompañados, de quien más y quien menos, recuerde el run-run de las agujas del tocadiscos. Normal que en nuestro viaje al pasado vinieran esos sonidos… ¡sublime!

Poco a poco, todos nos fuimos convirtiendo en amigos, en personajes de película, en brillos en los ojos y en la ropa. No sabíamos si era de día o de noche, simplemente éramos felices a jornada completa.

Cuándo regresé a Madrid, el cansancio no era tal más que la satisfacción de haber vuelto a tener ganas de volver a bailar. Y es que una, cuando ha sido abducida por esta “religión”, es tanguero aunque no tenga ganas de bailar. Pero en Baztango… eso, es imposible!!