_: Festival de Budapest 2011 :_

Si vives en Europa, Budapest es una ciudad que debes visitar al menos una vez en tu vida. Ciudad grandiosa, los recuerdos del fasto imperio Austro-Húngaro te rodean en casi cualquier camino que tomes. Este milonguero ya había visitado la ciudad en 2005 y le pareció que el Festival de Tango Danubiando 2011 era la excusa perfecta para retornar a ella. Lo que no imaginaba era que una ola de calor había pensado lo mismo que yo.

Este festival es muy grande y muy disperso. Dura ocho días con sus ocho milongas nocturnas y prácticamente todos los días se celebran en un lugar diferente . Este hecho hace que la elección del lugar donde pernoctar no sea baladí. Si quieres hacer turismo por el día, olvida el resto de actividades del festival que no sean milongas. Si vas a acudir a clases o milongas vespertinas, olvida hacer turismo. Your choice, your freedom.

Arrancamos el lunes en un barco/bar/restaurante anclado en el Danubio cerca del puente de las cadenas: el Columbus Boat. Si tienes un pack de milongas te pondrán una de esas pulseras no-te-la-quites-o-pierdes-tu-entrada de festivales de música. Al fin entro dentro y me quiero morir. En estas latitudes no están preparados para soportar 42ºC durante el día. Los locales no tienen aire acondicionado porque nunca lo han necesitado. Pero además, tampoco tienen ventanas porque en invierno son problemáticas con la nieve y el frío. El resultado es un lugar con poca luz, mesas separadas, pista no muy grande y unas 50 a 60 personas sudando como pollos con los 40ºC largos que hay dentro. Una triste ventana intenta vanamente refrescar el lugar.

De aquella noche, me quedo sólo con el hecho de haber conocido a una rubia altísima e imponente a la que nadie se atrevía a pedir baile. Cuando yo lo hice, me dijo que sí con un aire de condescendencia que sugería profundo aburrimiento. Menos mal que coincidimos, ¿verdad Nastasja? Resultó que el pariente era Argentino y ella hablaba un perfecto castellano.

El martes la milonga tocaba en un salón restaurante en el campus de la Universidad de Budapest. El techo era más alto, tenía cristales, parecía que la temperatura iba a estar mejor... craso error. Llegó hasta el punto de gotear del techo por condensación; el que suscribe huyó de la pista. Donde mejor se estaba era en la calle, exactamente en la colindante Avenida Rákóczi. Allí nos juntamos unos cuantos, charlando amigablemente con Pablo Verón, Serkan Gokcesu, Cecilia García, etc. Allí conocí a otra buena amiga del festival, Suna.

Y llegó el miércoles y en ese punto el calor y el festival tocaron fondo. La milonga se organizaba en una supuesta Iglesia Presbiteriana. No dejaba de ser una casa con un salón grande dentro. Pero, ¡cuidado! ese día había código de vestuario: todo el mundo de blanco, ellas y ellos. Podían haber avisado que también era necesaria la toalla de playa. Estimo que en aquella sala se llegaría a unos 48ºC de temperatura. Era inhumano intentar si quiera bailar: una tanda y a la barra. No volví dentro, ni yo, ni las otras decenas de personas que nos apilábamos a lo largo de los pasillos de la casa de Dios. Allí tuve una revelación: conocí a Fabio, caro Fabio! Sólo por eso ya mereció la pena la noche. Pero aún quedaba el broche... tras un revuelo en la entrada, nos enteramos de que, ¡había llegado la policía! Fuera la música, que pasan los milicos. Organizadores corriendo de un lado para otro como patos descabezados, gente atónita mirando como armarios de 2x2 entraban dentro con cara de alucinamiento avisando –The party is over. A los vecinos no les había gustado ver una fiesta un miércoles de Agosto en un barrio residencial en su iglesia de los domingos. La policía se haría cargo de dispersar a todos los herejes que iban vestidos de blanco (eso sí, con zapatos de colores llamativos).

La milonga del jueves sí que mereció la pena. En el otro lado de la ciudad, en Buda, en un salón de baile perteneciente al Castillo de Buda. La arquitectura del Palacio hizo que ya no hiciera tanto calor, además los organizadores alquilaron unos mega ventiladores que al menos movían el aire (sin enfriarlo, claro). Tocó la Orquesta Típica Budapest y bailaron eso que bailan Serkan y Cecilia.

El viernes y sábado la milonga se desplazó de las localizaciones céntricas a otro extremo de la ciudad en el József Attila Cultural Centre. Para llegar o te dejabas un dineral en taxi o tocaba un buen rato en metro y una caminata por la oscuridad de las calles húngaras hasta un lugar difícil de encontrar en los planos. El salón de baile era grande, con buen suelo, muchas mesas, puestos de venta de accesorios tangueros varios, incluyendo zapatos y, al fin, un barman que preparaba cocktails de calidad. Todos los demás días el asunto del beber había sido una pesadilla si querías algo diferente a una cerveza. El viernes la musicalización corrió a cargo de Horacio Godoy y el ambiente de baile fue muy bueno. No tengo especial recuerdo de las actuaciones. En cambio sí recuerdo con especial gusto la actuación de Sebastián Arce y María Montes del día siguiente.

Fue una pena, sin embargo, que ninguno de los dos se dejara ver por las milongas salvo el día que bailaron. La gente rumoreó mucho sobre las relaciones de ambos bailarines y la organización. Y, ¿qué pasaba con el público? La gente era el vivo reflejo de la organización: un descontrol. A destacar tres grupos: Alemanes demostrando todas las figuras que han sido capaces de memorizar durante los últimos (pon tú el número) años; Italianos bailando la música con sensibilidad y gusto (menos mal); y, Húngaras que solo bailaban con los profesionales mientras se pavoneaban por la pista (por favor, la época de las castas imperiales ya terminó). Cuando la gente de casa no hace que los de fuera se sientan como en casa, un evento de tango NO funciona.

Fin al festival de Budapest. Fin a los grandes festivales. Busca los pequeños, busca las milongas con gusto... la verdad está ahí fuera, pero no en Budapest.

Abrazos y recuerdos cariñosos para Nastasja, Fabio y Suna, con diferencia lo mejor de Danubiando 2011.